Escudo de la República de Colombia Escudo de la República de Colombia
investigación
Logotipo UN
Elija un buscador del SIUN

Notas Boletín UN Investiga

[Notas del Editor] «La universidad como andadura librera» (Camilo Ayala Ochoa, jefe del Departamento de Contenidos Electrónicos y Proyectos Especiales de la UNAM)

En las primeras páginas del fascinante libro de Alberto Manguel Historia de la lectura se comenta que el universo, dentro de la tradición judía, es un libro hecho de números y letras y la clave para entenderlo está en leer adecuadamente esos números y letras. Con el tiempo, el interés por la letra de la ley pasó a ser la búsqueda del espíritu de la letra. Decía san Agustín, desde la visión del catolicismo, que el mundo es un libro.

Durante el siglo XVI Martín Lutero contravino a la autoridad de una sola lectura al postular que cualquiera podía leer e interpretar los textos bíblicos. Con el factor del protestantismo, se habló de leer el libro de la naturaleza, que para Galileo estaba escrito en el lenguaje de las matemáticas. La imprenta de Gutenberg significó la industrialización del libro. Tras eso, la consideración de Dios como autor del gran libro de la creación, fue sustituyéndose por la del hombre como autor de los infinitos libros posibles. En el siglo XIX, Thomas Carlyle pudo decir que la historia universal es un infinito libro sagrado que todos los hombres escriben y leen y tratan de entender, y en el que también los escriben.

El libro, pues, ha servido de objeto para entender el mundo, para recrearlo, contenerlo, estudiarlo, pero existe una institución, la universidad, que nació alrededor del trabajo filológico, bibliográfico y, a fin de cuentas, editorial, porque su ontología, precisamente, es comprender el mundo. Desde su fundación en el siglo XIII, las universidades realizaron libros y la intensificación de su uso fue transformando su elaboración, sus materiales y su forma. Por eso el historiador norteamericano Shelby Foote dijo que «una universidad es un grupo de edificios que se reunieron alrededor de una biblioteca». La simbiosis del libro y el estudio era tal que los estatutos de la Universidad de Padua declararon en 1264: «Sin ejemplares no habría universidad». Umberto Eco expresó con la fina retórica que lo caracterizó: «una universidad es su fondo editorial».

En la novela El gran plagio medieval, el autor Jesús Diéguez García describe la biblioteca del monasterio de San Marcos, en España, y dice que en la entrada tiene una inscripción en latín que traduce: «la biblioteca es tan necesaria para el monasterio como el armamento para el ejército». Los monasterios, los centros productores de códices, formaron y enriquecieron bibliotecas cuyo estudio derivó en la fundación de universidades. Podemos decir ahora que los libros son tan necesarios para las universidades como la biblioteca para esos monasterios medievales.

Las universidades, pues, han estado ligadas a la cultura del libro. No por nada las editoriales más antiguas que siguen activas son la Cambridge University Press, nacida en 1534 y que publicó su primer libro en 1584; y la Oxford University Press de 1586. La decana de las editoriales universitarias mexicanas es la Universidad Nacional Autónoma de México, que desde su fundación en 1910, se ha dedicado a editar los libros que produce o necesita su comunidad.

Hay que decir, también, que al ser las universidades comunidades de lectura y escritura, su cultura editorial forma parte de su sistema de vigencias. Ramón Menéndez Pidal definió ese sistema de vigencias con la idea del estado latente. Existen ciertas actividades colectivas que viven sin manifestarse, que llevan una vida incógnita, sin rastro alguno, indubitables para el historiador, el gramático o el filólogo; que actúan sin conciencia de lo intemporal e inmemorial; al contrario de lo historizado. En las tesis universitarias, en los apuntes de clases, los reportes de investigación, las revistas de estudiantes, los folletos informales, la comunidad universitaria demuestra la vitalidad de su cultura escrita, el fondo desde el cual se vive, es decir un complejo de experiencias sistemáticamente engarzadas, como suelo nutricio. Sin embargo, también en la vida universitaria que acontece en salones de clases, bibliotecas, laboratorios, pasillos, jardines y espacios virtuales la comunidad universitaria tiene la vigencia implícita de diversas culturas, un complejo de experiencias sistemáticamente articuladas. Si la cultura es uno de los elementos substanciales del concepto de Universidad, por lo tanto debe existir una cultura universitaria y ésta es una cultura letrada, una cultura editorial. Quienes han pasado por la UNAM han sido transformados y sobre todo han cambiado su comportamiento cultural, por lo que piensan y actúan significativamente. Los universitarios, los que están curtidos en ese ambiente, dialogan cuidando la colocación de las palabras, la estructura del discurso, la disposición de los signos. Los universitarios avezados hablan como si estuvieran escribiendo y escuchan como leyendo.

David R. Olson en su libro El mundo sobre el papel expresa que «el pensamiento letrado puede estar, y lo está en cierto grado, incorporado en el discurso oral de una sociedad letrada». El estado latente de las universidades es la tinta que corre por las venas de sus miembros y el cemento de sus muros y hace actuar a sus miembros bajo una mirada libresca. También los universitarios se comportan, en consecuencia, bajo esa cultura escrita, esa cultura editorial. Michael Korda escribió el libro Editar la vida: mitos y realidades de la industria del libro y es posible preguntar ante ese título si no es lo que hacemos los universitarios todo el tiempo: editar y editarnos. Así atendemos la propuesta que Fernando Pessoa nos dejó en una carta de 1915: «Organiza tu vida como una obra literaria, colocando en ella toda la unidad posible».

[Boletín UN Investiga 308, 4 de agosto de 2016]

SESQUICENTENARIO